El Sol de Poniente….

Aunque de lejos se le adivinaba alto, orgulloso, tiznado por el mar , el viento, el sol y la salitre, si uno se acercaba un poco, y miraba dentro muy dentro de sus ojos azules, se podía advertir algo que,  no hace mucho, no estaba allí…Era algo indefinido, más una sensación que algo real, físico…Daba la impresión de que una parte de él se había hecho más pequeña, de que una parte de él había sufrido tanto que ahora se agazapaba como una fierecilla atemorizada en su madriguera, ansiando y temiendo el momento en que tuviera que salir a la realidad que le rodeaba…Y el caso es que era necesario, porque había que respirar, había que comer, había que intentar vivir un poquito más…

Lo comprendió perfectamente el día en que tuvo a Jules entre sus grandes manos…Cuando le miró, ahí, tan chiquitito él, tan completito…Con sus uñitas y sus deditos en las manos y en los pies, con su naricilla, con su ombliguito…Con aquellos ojos que miraban y tal vez no distinguían, con aquella boquita que se contraía para significar tantas cosas que era increíble que tan sólo tuviera unas horas de vida!!!

Sabía que no había sido un buen padre, y le apenaba el no tener el tiempo suficiente para ser un buen abuelo, pero cuando sostuvo en silencio a Jules supo que su ciclo vital se había completado…No era su primer nieto, pero estaba seguro de que se trataba del último que conocería…Así que lo miró…Lo miró, lo admiró, lo sintió, lo olió…Y dio gracias por haber tenido el coraje de luchar unos meses más…

Ahora ya podía marchar… Su última mujer estaba en Bahamas, disfrutando del divorcio que casi había terminado con su fortuna…Sus hijos le comprendían y le apoyaban…Era una tontería fustigarse buscando reproches que nadie le echaba en cara…

Miró a todos en silencio, abrazó a todos en silencio, revolvió en silencio el cabello de Tom, secó en silencio una lágrima de Ethel, admiró en silencio una vez más al pequeño Jules que, ajeno a todo, mamaba feliz de la teta de Brie, y dejó esa habitación llena de vida y amor sin necesidad de mirar atrás, porque todo se lo llevaba con él.

Era la hora…Montó en su pequeño velero con todos sus recuerdos y se dispuso a emprender su último viaje, mientras el sol de Poniente ponía un reflejo dorado en el camino que le quedaba por delante…

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