“La Ranita Cru-Cru” (I)

En una pequeña ciudad del Norte vivía una niñita llamada Carla.

Carla tenía los ojos pizpiretos, una naricita respingona y una sonrisa grande grande llena de luz.

A Carla la querían mucho sus papás, sus abuelitos, sus tíos, sus amiguitos…Y ella siempre tenía besitos preparados listos para regalar…Y no sólo para las personas que la rodeaban, sino también para todos sus muñecos y muñequitas… Le daba lo mismo que fueran grandes o pequeños, perritos o cocodrilos, dragones o ranitas… Ella se encargaba de cuidarles, hablarles, contarles sus cosas, darles las buenas noches…Y siempre escogía uno o dos para dormir y soñar…

Uno de sus muñecos favoritos era una ranita, blanda y pequeñita: la ranita Cru-Cru.

Cuando llegó a casa, Carla era todavía pequeñita, y no sabía decir “Croac-Croac”, así que “Cru-Cru” se quedó: una ranita especial con un color especial: verde y azul.

A Cru-Cru le encantaba estar cerca de Carla, en la cabecera de la cama cuidando su descanso.

Desde allí, además, podía ver cómo iban llegando los nuevos amiguitos de Carla, cada vez que pasaba un cumpleaños, o la visitaban los Reyes Magos…

Un día de otoño, de pronto, la ranita Cru-Cru se sintió triste. Tal vez porque fuera llovía, tal vez porque oía quejarse al viento tras las ventanas… El caso es que se puso a mirar a todos sus compañeros: un osito blanco como la nieve, con las orejas sonrosaditas; un gran cocodrilo verde y azul brillante, con ojos amarillos como limones; una bella margarita, con pétalos rosas, rojos y violetas, como una puesta de sol… Y ella… Sólo verde y azul, a potitos verdes y azules… Y nada más… Ningún brillito, ninguna filigrana carmesí, ni siquiera un pequeño destello dorado…

Suspiró, sacó la lengua para coger una mosca negra que revoloteaba sobre ella, y volvió a suspirar…

-“Tal vez Carla se canse de mí… No soy brillante, no soy grande, ni siquiera tengo pelo… Me gustaría tener muchos, muchos colores, como un Arco Iris… Así parecería más joven, más alegre… Sería una ranita especial, y Carla me querría siempre…”

Estiró una pata, estiró otra, y luego se encogió un poquito con pesar, mientras escuchaba la lluvia tras el cristal…